Desde
tiempos muy remotos, antes de la fundación de los universos, existía un reino único, donde había un Rey
que tenía la potestad sobre todo lo que existía. El Rey de Todo (como
le llamaban), tenía a su cargo un vasto ejército de 13 Príncipes y soldados que
batallaban junto a él, para la conquista de ciudades y reinos cercanos y para
mantener la paz de todo. Entre estos príncipes había uno muy querido por el Rey
de Todo, su nombre Sammu.
Sammu era
de tez blanca, alto como una torre, fornido como una roca forjada por muchos
siglos y tallada a mano por el mismo Rey, sus ojos azules como el cielo, su
cabello dorado como hilos de oro que le colgaban de su cabeza hasta los
hombros, empuñaba una espada (la cual
nunca abandonaba) que había sido forjada por los mejores joyeros y herreros del
reino, especialmente echa para él por encargo del mismo Rey de Todo. Su armadura
echa de oro, la cual tiene esmeraldas, rubís, jade, amatistas, y cualquier
piedra preciosa que se pueda encontrar en la faz de la tierra. Pero su aspecto
físico no era lo único que era admirado por quien lo veía o lo conocía, ya que
poseía un corazón puro, lleno de sabiduría, tiene un carácter fuerte para la
batalla, pero a la vez posee mucho amor y compasión hacia las personas que lo
rodeaban. Por lo mismo era seguido por muchos, admirados por miles, y también
odiado por otros cuantos.
Por cada
batalla ganada su corazón se llenaba de más interrogantes que de glorias. Se
decía a sí mismo:
¿Por qué he
de entregar todo el botín al Rey de Todo?;
¿Por qué la
gloria de toda batalla ganada es para el Rey?, ¿Acaso el sale a batalla con
nosotros?;
¡Yo soy
mejor que el Rey!, y a mí nadie me da la gloria.
¡Yo merezco
todo lo que él tiene, y todo lo que el posee!
Esas y
muchas más interrogantes pasaba en la cabeza de Sammu, las cuales el sentía que
nunca eran contestadas.
Al pasar el
tiempo en un día cualquiera, el Rey del Todo vio en lo más profundo del corazón
de Sammu, y se dio cuenta que algo estaba cambiando en él, y que su aspecto
físico iba cambiando y reflejaba molestia, enojo, malestar, confusión, ira,
disgusto, y muchas más emociones. Muchas veces el Rey de Todo lo mando a llamar
personalmente para que platicaran como un padre habla con su hijo amado, pero
Sammu siempre se negó, decía que tenía alguna batalla que ganar, algún lado a
donde ir, ¡se hizo el desentendido al llamado del Rey!.
El Rey de
Todo al ver que su amado Sammu, seguía cambiando y su corazón se llenaba de
orgullo. En el año 10,000 desde la
fundación de todo, en luna nueva, convocó a la gran sala real, a los 13 príncipes
del reino.
En el gran
salón, yacían 13 tronos (que era de cada uno de los príncipes). En medio de
ellos el trono del Rey del Todo, este era majestuosamente grande, forjado de
oro puro y sólido, en la cabecera un gran diamante que llevaba el nombre de
cada uno de los príncipes, estaba Gabriel “El guerrero”, Juan “El que convence”,
Pablo “El segador”, Félix “El feliz”, Katotohanan “El que habla con la verdad”,
y así cada uno de los nombre de los príncipes.
Sammu se
preguntaba en su corazón, ¿Por qué invitaron a todos mis hermanos?, ¿acaso no
soy yo el que ha tenido más victoria en
batalla?, ¡Yo soy el más sabio de todos ellos!, ¡soy el que merece toda la
honra y el poder que le dan a nuestro Rey y Padre de Todo!.
En el gran
salón, todos platicaban de sus batallas, de su día a día, de lo nuevo que había encontrado en
sus andanzas, de lo majestuoso que era todo lo que encontraban a su alrededor. Cada
uno de ellos llevaba puesta la armadura de gala que el Rey de Todo les había
mandado hacer para estas ocasiones.
De repente,
se abrieron las puertas de la sala real y un gran sonido como de trueno en
época de invierno, majestuoso y ensordecedor. ¡Se hizo silencio en la
sala!......... se podía escuchar hasta el ruido de un alfiler al caer. ¡Es el
Rey de Todo!. Con cada paso que daba la
estructura que está bajo los pies de los asistentes temblaba por su poderío, a
la vez desplegaba una atmósfera de amor y paz que te envuelve y te hace sentir
cómodo y confiado de su protección. Al pasar el Rey de Todo los príncipes se
postran ante su presencia.
Indica a
cada uno que se siente en su respectivo trono. Ya todos en sus lugares, Semmu,
pregunta: Querido Rey y Padre de Todo, ¿a qué se debe esta reunión de
emergencia, a la cual nos citaste con gran preocupación?.
El Rey de
Todo, sonríe y con vos dulce (como un padre le habla a su hijo pequeño que hace
una travesura) le dice, es por ti querido Sammu, he visto como ha sido tu
crecimiento en todos los aspectos de tu vida, pero últimamente tu corazón se ha
ensombrecido y he visto como este se corrompe día a día. Te mande a llamar en
varias ocasiones personalmente pero nunca quisiste venir, por lo tanto convoque
a cada uno de tus hermanos y príncipes, para que veamos de qué manera puedes
entrar en razón, o que nos puedas
indicar porque tu corazón se ha llenado de oscuridad.
Dentro de
Sammu se hicieron presentes varias emociones, las cuales él no sabía que
existían en tan gran magnitud, estas son molestia, ira, enojo de manera
sobrenatural. Enfurecido dijo: ¡cómo te atreves a ponerme en vergüenza delante
de todos!, ¡quién eres tu (refiriéndose al Rey de Todo), para creerte dueño de
todo lo que hago!, ¿Quién batalla en nombre tuyo?, ¿Quién se lleva la gloria, y
todo el honor por las victoria?, mientras nosotros, cansados, heridos,
lastimados por un simple bien hecho hijo, o un es tu obligación como príncipe
de este reino. ¡Yo tengo que ser el Rey de Todo!, ¡Yo debo tener toda esa
gloria!.
En el gran salón
todos se levantaron de sus tronos y desenvainaron la espada, esperando la
reacción del Rey de Todo ante la gran falta de respeto de Sammu.
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