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Capítulo I: El Inicio de Todo

Desde tiempos muy remotos, antes de la fundación de los universos, existía un reino único, donde había un Rey que tenía la potestad sobre todo lo que existía. El Rey de Todo (como le llamaban), tenía a su cargo un vasto ejército de 13 Príncipes y soldados que batallaban junto a él, para la conquista de ciudades y reinos cercanos y para mantener la paz de todo. Entre estos príncipes había uno muy querido por el Rey de Todo, su nombre Sammu.

Sammu era de tez blanca, alto como una torre, fornido como una roca forjada por muchos siglos y tallada a mano por el mismo Rey, sus ojos azules como el cielo, su cabello dorado como hilos de oro que le colgaban de su cabeza hasta los hombros,  empuñaba una espada (la cual nunca abandonaba) que había sido forjada por los mejores joyeros y herreros del reino, especialmente echa para él por encargo del mismo Rey de Todo. Su armadura echa de oro, la cual tiene esmeraldas, rubís, jade, amatistas, y cualquier piedra preciosa que se pueda encontrar en la faz de la tierra. Pero su aspecto físico no era lo único que era admirado por quien lo veía o lo conocía, ya que poseía un corazón puro, lleno de sabiduría, tiene un carácter fuerte para la batalla, pero a la vez posee mucho amor y compasión hacia las personas que lo rodeaban. Por lo mismo era seguido por muchos, admirados por miles, y también odiado por otros cuantos.

Por cada batalla ganada su corazón se llenaba de más interrogantes que de glorias. Se decía a sí mismo:

¿Por qué he de entregar todo el botín al Rey de Todo?;
¿Por qué la gloria de toda batalla ganada es para el Rey?, ¿Acaso el sale a batalla con nosotros?;
¡Yo soy mejor que el Rey!, y a mí nadie me da la gloria.
¡Yo merezco todo lo que él tiene, y todo lo que el posee!

Esas y muchas más interrogantes pasaba en la cabeza de Sammu, las cuales el sentía que nunca eran contestadas.

Al pasar el tiempo en un día cualquiera, el Rey del Todo vio en lo más profundo del corazón de Sammu, y se dio cuenta que algo estaba cambiando en él, y que su aspecto físico iba cambiando y reflejaba molestia, enojo, malestar, confusión, ira, disgusto, y muchas más emociones. Muchas veces el Rey de Todo lo mando a llamar personalmente para que platicaran como un padre habla con su hijo amado, pero Sammu siempre se negó, decía que tenía alguna batalla que ganar, algún lado a donde ir, ¡se hizo el desentendido al llamado del Rey!.

El Rey de Todo al ver que su amado Sammu, seguía cambiando y su corazón se llenaba de orgullo. En el año 10,000 desde la fundación de todo, en luna nueva, convocó a la gran sala real, a los 13 príncipes del reino.

En el gran salón, yacían 13 tronos (que era de cada uno de los príncipes). En medio de ellos el trono del Rey del Todo, este era majestuosamente grande, forjado de oro puro y sólido, en la cabecera un gran diamante que llevaba el nombre de cada uno de los príncipes, estaba Gabriel “El guerrero”, Juan “El que convence”, Pablo “El segador”, Félix “El feliz”, Katotohanan “El que habla con la verdad”, y así cada uno de los nombre de los príncipes.

Sammu se preguntaba en su corazón, ¿Por qué invitaron a todos mis hermanos?, ¿acaso no soy yo el  que ha tenido más victoria en batalla?, ¡Yo soy el más sabio de todos ellos!, ¡soy el que merece toda la honra y el poder que le dan a nuestro Rey y Padre de Todo!.

En el gran salón, todos platicaban de sus batallas, de su día  a día, de lo nuevo que había encontrado en sus andanzas, de lo majestuoso que era todo lo que encontraban a su alrededor. Cada uno de ellos llevaba puesta la armadura de gala que el Rey de Todo les había mandado hacer para estas ocasiones.

De repente, se abrieron las puertas de la sala real y un gran sonido como de trueno en época de invierno, majestuoso y ensordecedor. ¡Se hizo silencio en la sala!......... se podía escuchar hasta el ruido de un alfiler al caer. ¡Es el Rey de Todo!.  Con cada paso que daba la estructura que está bajo los pies de los asistentes temblaba por su poderío, a la vez desplegaba una atmósfera de amor y paz que te envuelve y te hace sentir cómodo y confiado de su protección. Al pasar el Rey de Todo los príncipes se postran ante su presencia.

Indica a cada uno que se siente en su respectivo trono. Ya todos en sus lugares, Semmu, pregunta: Querido Rey y Padre de Todo, ¿a qué se debe esta reunión de emergencia, a la cual nos citaste con gran preocupación?.

El Rey de Todo, sonríe y con vos dulce (como un padre le habla a su hijo pequeño que hace una travesura) le dice, es por ti querido Sammu, he visto como ha sido tu crecimiento en todos los aspectos de tu vida, pero últimamente tu corazón se ha ensombrecido y he visto como este se corrompe día a día. Te mande a llamar en varias ocasiones personalmente pero nunca quisiste venir, por lo tanto convoque a cada uno de tus hermanos y príncipes, para que veamos de qué manera puedes entrar en razón,  o que nos puedas indicar porque tu corazón se ha llenado de oscuridad.

Dentro de Sammu se hicieron presentes varias emociones, las cuales él no sabía que existían en tan gran magnitud, estas son molestia, ira, enojo de manera sobrenatural. Enfurecido dijo: ¡cómo te atreves a ponerme en vergüenza delante de todos!, ¡quién eres tu (refiriéndose al Rey de Todo), para creerte dueño de todo lo que hago!, ¿Quién batalla en nombre tuyo?, ¿Quién se lleva la gloria, y todo el honor por las victoria?, mientras nosotros, cansados, heridos, lastimados por un simple bien hecho hijo, o un es tu obligación como príncipe de este reino. ¡Yo tengo que ser el Rey de Todo!, ¡Yo debo tener toda esa gloria!.

En el gran salón todos se levantaron de sus tronos y desenvainaron la espada, esperando la reacción del Rey de Todo ante la gran falta de respeto de Sammu.

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